Libertad y el Homo Sapiens-Arxitectónicus

Por Arq. Alejandro Ramírez Ugarte

¿Cuál es una característica importante que distinga a la raza humana del resto del reino animal? Un grupo de estudiantes de séptimo semestre de la ESARQ me hizo esta pregunta. Mi primer pensamiento no expresado fue: ¡Quieren que les haga la tarea! Pero luego me dio curiosidad y tomé el reto.

Mi primer intento externado fue: ¡El humor! ¡La risa! Seguido por mi observación de que se han encontrado animales que auténticamente se ríen y por lo tanto no los excluye. En seguida probé la afirmación de que “es nuestra libertad de decidir” y me sentí bien.

¡Qué importante es esa libertad para todos nosotros! Es algo que más de uno habrá de defender con su vida. Los animales, en cambio, están determinados en sus acciones por instintos que les dictan cómo alimentarse, procrear, a qué temer, cuándo y a dónde migrar y, muy importante para nosotros, la sub-especie de los arquitectos, cómo construir su hábitat. Todos aprendimos desde nuestra infancia que las hormigas construyen sus muy intrincados hormigueros; que los enjambres de abejas y avispas construyen sus sorprendentes panales; las familias de zorros sus madrigueras y las aves sus nidos. Un ornitólogo entrenado sabe con certeza a qué especie de ave pertenece un nido, según su ubicación y su forma. Nos vamos a sorprender al conocer el hábitat de un animal, pero sólo la primera vez que lo veamos, después sólo lo vamos a admirar, pues sabemos que ha sido así por millones de años.

El asunto del hábitat humano es muy diferente, precisamente por ese elemento complejo de la libertad de decisión. Se espera de mí, arquitecto, cierto grado de lealtad a la moda, como expresión de pertenencia a mi grupo, pero siempre cuidando de no llegar al plagio. También se espera una expresión de mi talento en mis aportaciones de originalidad y, llevado al extremo, hasta de cierta limitada extravagancia.

Una expresión de esta libertad de creación arquitectónica, que a mí me parece verdaderamente ridícula e innecesaria es la reciente (y ya no tan reciente) competencia, en los países con exceso de liquidez, por hacer las construcciones más gigantescas, extravagantes y asombrosas (verdaderamente asombrosas).

Mi preferencia se inclina más a lo que me enseñan los productos del instinto de los animales. Me agrada mucho cómo se adaptan a las características del medio ambiente: a las condiciones del clima, a la materia prima accesible y propia del sitio; sus estrategias para la defensa y supervivencia, su intangibilidad. Quisiera que así sea mi arquitectura, que dé el abrigo de las madrigueras, pero aderezado con la dimensión y el calor humano; la solidez del panal, incrementada con ingenio y flexibilidad; la resolución programática del hormiguero, complementada con la dimensión trascendente; la sensación de hogar del nido, con la misma vista, pero mejor protegido. En fin, hacer uso de mi libertad humana para decidir y para mitigar el efecto nocivo de mi arquitectura en este planeta que compartimos.

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