De incendiario a bombero, una enseñanza patrimonial

Por Arq. Ricardo Agraz

Hace muchos años, me encontraba con varios de mis compañeros sentado en la banca de un pasillo de la que entonces se llamaba Facultad de Arquitectura; perdíamos el tiempo entre clase y clase cuando repentinamente vimos aparecer por uno de los pasillos la figura hasta entonces desconocida de todo un personaje.

Caminaba con notable parsimonia y desparpajo, llevaba un cigarrillo en la mano, una boina bajo el brazo. Había una enigmática armonía entre aquella manera de andar un poco encorvada y la sonrisa labiada y socarrona que portaba; se nos acercó, nos saludó con toda amabilidad y preguntó por la ubicación de uno de los salones, así nos enteramos que se trataba de un profesor.

Gonzalo como estudiante de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara dirigida por Ignacio Díaz Morales Década de 1950.

Gonzalo como estudiante de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara dirigida por Ignacio Díaz Morales Década de 1950.

Comentamos el extraordinario parecido físico que guardaba con aquel luchador que salía invariablemente en las películas de “El Santo” y nos tomó por sorpresa que un profesor usara cola de caballo a pesar de su prominente calva que sólo dejaba unos cuantos cabellos, completamente blancos. Nos enteramos después que se trataba de Gonzalo Villa Chávez, quien regresaba apenas de una larga estancia en Europa por lo que en su persona todo lo anterior debía considerarse como normal.

A aquel casual encuentro a principios de los ochenta, le siguieron múltiples, y todos resultaron tanto más que sobrecogedores. No sé cómo, pero Gonzalo se daba maña para sorprendernos continuamente. Si uno estudiaba arquitectura por aquella época, era realmente difícil no toparse con él en cualquier lugar, ya fuera en una conferencia en la que versaba sobre los más variados temas con plena autoridad y lucidez asombrosa -usando un lenguaje entonces indescifrable para mí- o en una clase de acuarela en donde ayudado tan sólo por unos pequeños trazos a lápiz mágicamente hacía surgir maravillosas imágenes del agua, al tiempo que se mordía la lengua afanosamente.

Gonzalo Villa

Gonzalo Villa en el patio posterior del Centro Regional de Occidente, Hoy Museo de la Ciudad de Guadalajara. década de 1970.

Así, cada encuentro me fue dando una distinta noción de Gonzalo, y a veces pienso que su personalidad es comparable a un gran rompecabezas que resulta prácticamente imposible descifrar, no obstante los innumerables fragmentos que de sí mismo fue entregando a cada uno de sus amigos. Un día te enterabas que había sido portero de futbol; otro, encontrabas un texto escrito con esa pluma privilegiada que le caracterizaba; otro más descubrías un dibujo fuera de serie de su autoría y al otro te enterabas que había trabajado con Luis Barragán, pero que también era bien conocido en las carpas como un extraordinario bailarín, que fue rotulista de carteles de cine o que consignaba las corridas de toros en papel acuarela con la destreza única de su pincel. Visto así, de nómada a profesor y de crítico a restaurador, se convierte en una proeza literaria el describir en unas cuantas palabras la trayectoria y la personalidad del maestro Villa Chávez.

Mas de los “Múltiples Gonzalos” que nos presentara en una ocasión Gabriel Gómez Azpeitia, yo me quedo sin duda alguna con el amigo, con el hombre que estaba atrás de todos los personajes que a lo largo de su vida le tocó representar. Como amigo, siempre se distinguió por su generosidad, compartió con nosotros, sin envidia alguna, el conocimiento que a lo largo de su vida acumuló. Aprovechaba ese innato don para hacer amigos fácilmente, conservarlos y dejar en ellos un recuerdo indeleble; nos demostró con oficio que la práctica de la arquitectura debe ser además de todo, muy, pero muy divertida.

Como arquitecto en cambio, resulta más sencillo describirlo. Dedicó su carrera entera y concentró todos sus esfuerzos en una sola dirección, no escatimó recurso alguno, ni titubeó un instante siquiera para dedicar su vida profesional al servicio de una misión, titánica pero simple: la conservación del patrimonio arquitectónico.

Gonzalo Villa Chávez y su amigo, el escritor Juan Rulfo en una conferencia para la Escuela de Arquitectura de Colima.

Gonzalo Villa Chávez y su amigo, el escritor Juan Rulfo en una conferencia para la Escuela de Arquitectura de Colima.

En una ocasión le pregunté por qué le apasionaba tanto el tema de la conservación y me contestó con esa parsimonia acostumbrada que “la vida siempre te otorga la oportunidad de pasar de incendiario a bombero”. Así era Gonzalo, sencillo pero contundente, podía resumir en breves y simpáticas descripciones los conceptos más sofisticados que su mente sabía elucubrar.

Si consideramos los tiempos que vivió, valoraremos más aún su labor profesional. En una época donde la modernidad no era sólo una idea sino una verdadera necesidad social que dejaba altos dividendos políticos, preservar y rescatar no resultaba rentable desde ningún punto de vista. Durante los años cincuenta nadie cuestionó la pérdida de nuestro patrimonio simple y sencillamente porque éste no representaba valor alguno. Restaurar significaba en ese momento ir en contra del progreso y la modernidad, pero el progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer, sino al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear un mejor hoy.

Dibujando antiguos edificios, reparando y rehabilitando viejas estructuras, dándoles nuevos usos, otorgó una segunda oportunidad de ser a aquellos viejos edificios cuya restauración -para fortuna nuestra- estuvo en sus manos. Gonzalo descubrió los secretos más íntimos de aquellas arquitecturas y no tuvo empacho alguno en compartirlo con todo aquel que estuviera a su alrededor; por ello, su obra póstuma y no por ello menos importante que su trabajo como restaurador, fue la fundación de la Escuela de Arquitectura de Colima.

Mural Gonzalo Villa

Mural conmemorativo realizado por Nacho Gómez Arriola para celebrar el 10 aniversario de la muerte de Gonzalo Villa Chávez en Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Colima, 2010.

Con ello se aseguró que su empeño no moriría con él; en el camino fue infectando a sus colaboradores y alumnos su preocupación y respeto por el patrimonio heredado, y hoy podemos decir sin temor a equivocarnos que disfrutar del Palacio de Gobierno, el Hospicio Cabañas, el Museo del Periodismo o la Biblioteca Iberoamericana -por mencionar algunos- es posible gracias a su acertada intervención.

Sin desearlo tal vez, Gonzalo se atrapó en su propia red: su obra y su legado personal son ahora patrimoniales. Y seguramente nuestra responsabilidad actual es mirarle conforme a su manera de observar e intervenir. Por todo ello y confiando en que hoy se encuentra con los del “lado luminoso” -parafraseándolo de nuevo-, propongo entonces una reverencia para el maestro Gonzalo Villa Chávez.

Gonzalito el milagroso. Oleo sobre madera de Nacho Gómez Arriola.

Gonzalito el milagroso. Oleo sobre madera de Nacho Gómez Arriola.

Ricardo Agraz


Créditos de las imágenes: Ignacio Gómez Arriola, Monografía de Gonzalo Villa Chávez, Secretaría de Cultura, 2005.

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