La última navidad, por Ricardo Agráz

Por Arq. Ricardo Agráz.

Mil novecientos setenta y nueve; un par de meses atrás, había ingresado a la mítica Facultad de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara; en ella daban cátedra, entre otros: Bruno Cadore, Horst Hartung, Silvio Alberti, Raúl Gómez Tremari, Carlos y Enrique Flores Trischler, y por supuesto, Gonzalo Villa Chávez, en el ánimo de mencionar sólo algunos íconos de la vieja guardia; José Luís Alcalá Sotelo, Carlos Muñoz Botello, Agustín Parodi, Guillermo Sandoval y muchos más, eran ya la siguiente generación que hacían, en ese momento, una de las escuelas de arquitectura más importantes del país. En ese contexto, me sentía obligado a buscar trabajo en una buena firma de arquitectura. Uno de esos días, por azares del destino, me enteré de que existían plazas disponibles en una prestigiada oficina de la ciudad.

Con la ignorancia, prepotencia y desfachatez propia que uno tiene a los diecisiete años de edad, me presenté en la mencionada oficina, tan quitado de la pena, con la seguridad y aplomo que me brindaba mi experiencia laboral previa, es decir ninguna: toqué la puerta y anuncié que venía a ocupar la plaza vacante.

Era un sábado por la mañana, me recibió un hombre alto, de bigotes estilo lord inglés, lentes redondos que no alcanzaban a ocultar sus cejas, que llegaban a media frente. Entre otras curiosidades, usaba el reloj encima del puño de la camisa que tenía bordado su propio monograma, un cigarro en la mano y un aroma a colonia de otros tiempos; mas allá de eso, lo que realmente impresionaba del personaje era tanto el tono como la fuerza de su voz, una voz profunda, con ese matiz característico de los locutores de antaño, casi como salido de la estación “la W radio”, me anunció su nombre… “Julio de la Peña, servidor” esas fueron las primeras palabras que escuché de ese gran hombre.

Me hizo pasar al taller y encontré una especie de juguetería especializada para arquitectos: marcadores, pinceles, reglas, planos, perspectivas, libros y una mezcla de prototipos, esculturas y objetos estimulantes a la vista que eran la decoración de su lugar de trabajo.

Con toda paciencia, Don Julio en persona, me mostró uno a uno los trabajos que se realizaban en ese momento en el taller; en una mesa estaba pegado un corte en isóptica de los cines del centro comercial “Galerías” en la ciudad de México; el plano, dibujado por la mano incomparable del arquitecto Reynaldo Cuéllar era, per-se, una obra de arte. En otra mesa, se encontraba, a medio terminar, una espléndida acuarela de la autoría de Enrique Aguayo; se trataba de una perspectiva aérea de otro proyecto; desde mi punto muy particular de vista, la pieza debería ser colgada en un museo en vez de ser entregado a un cliente. En otras mesas había planos constructivos, detalles, bocetos y croquis de más proyectos de los que, mi abultada experiencia de dos meses como estudiante de arquitectura, podía siquiera imaginar que una oficina pudiera resolver.

ricardo y julio

Imagen tomada de @ragraz via Twitter

 

Me dio algunos detalles más, a los que puse menos atención, como eran: lo que pagaba el despacho la hora de dibujo y el horario de trabajo que incluía los sábados y domingos; como no puse mucha atención, acepté gustoso la invitación para empezar a trabajar el lunes siguiente. En verdad me sentía muy orgulloso de ser requerido en la oficina más importante de la ciudad; años después me confesó la verdadera razón que tuvo para recibirme: me explicó que tuvo más que ver con que no tenían un solo dibujante en ese momento y había que entregar una gran cantidad de proyectos por un lado, y por el otro, un pequeño detalle que no se me ocurrió que pudiera resultarme útil: el hecho de circular por la vida usando el mismo nombre que lleva mi padre; de no ser por eso, hoy difícilmente contaría esta historia.

Como ya expliqué, el despacho tenía muchos compromisos que cumplir; por ello, de inmediato me fue encomendado lavar las mesas, acomodar los cajones, preparar el café, organizar los archivos, y una vez terminado todo aquello, poner letreros y borrar los trazos a lápiz de los planos terminados.

Poco a poco, me permitieron pasar más tiempo en el restirador que limpiando estilógrafos; me tocó dibujar en muchos proyectos durante mi estancia en el taller, desde el mencionado centro comercial Galerías hasta el estadio Neza de fútbol, pasando por un sinnúmero de proyectos, principalmente en la ciudad de México. Invariablemente, cada semana Don Julio se trasladaba a la capital del país a revisar el avance de las obras y a traer nuevos proyectos; al tiempo, me llegó a encargar que pasara en limpio los planos que dibujaba en el avión sobre papel cuadriculado.

En poco tiempo, se sumaron todos los dibujantes que cabían en el taller para hacer frente a tal volumen de trabajo; mañosamente, empezamos a trabajar los sábados en la tarde y los domingos hasta el mediodía; sin duda era la mejor parte de la semana: por un lado, nos pagaba las horas al doble y por el otro Don Julio se sumaba al taller y a la mínima provocación nos contaba todo tipo de historias fantásticas.

Así, entre plano y plano, me enseñó cómo trazar una perspectiva, su método muy particular de antropometría que simplificaba o, mejor dicho, traducía con peras y manzanas a Vitrubio o Le Corbusier, nos hizo comprender cuántas ideas podía uno encontrar dentro de un lápiz; en un drástico resumen, con la generosidad característica de su persona, me permitió vislumbrar básicamente en qué consiste el oficio del arquitecto, que solía resumir en un slogan memorable: “La búsqueda imperfecta de una perfección inalcanzable”.

Para alguno de los proyectos en los que me tocó participar, el maestro hizo una pequeña escultura que debería presidir el patio principal del centro de cómputo de Toluca; el modelo final era una fina pieza de madera que estilizaba de forma por demás elegante una mano; el modelo a escala era del tamaño aproximado de mi propia mano, misma que vería, muchos años después, reproducida en bronce en los escritorios de personajes muy importantes. En más de una ocasión le comenté el interés de tener una para mi propio escritorio.

Años después salí del despacho con la ilusión de fundar el propio; eso no evitaba que regresara de cuando en cuando a ver lo que sucedía en el taller; en distintas ocasiones pude colaborar desde fuera en algunos trabajos más, pero sin duda la mejor de las visitas sucedía cada veinticuatro de diciembre por la mañana, en su casa ubicada en la avenida La Paz.

En esa fecha, año con año desfilaban por su terraza muchos de los amigos y antiguos colaboradores del taller; se trataba de una cita anual no escrita: todos sin aviso previo pasábamos a saludar y ofrecer nuestro respeto y amistad al maestro; a cambio, nos llenaba de anécdotas, historias, chistes y por supuesto, mucho tequila.

En algún momento, se empezó a interesar profundamente por la Academia Nacional de Arquitectura, durante su paso por la presidencia del Capítulo Guadalajara primero y después por la presidencia nacional; así encontré una nueva manera de colaborar con él. Se trataba de organizar conferencias, visitas, concursos para estudiantes, publicar pequeños textos en el periódico, exposiciones que se convirtieron en lo que hoy es la Bienal de Arquitectura Tapatía; este trabajo era distinto al primero: se trataba de ser chofer, telefonista, pintor de brocha gorda, ilustrador y una cantidad interminable de oficios hasta entonces poco explorados dentro de mi propia práctica profesional, pero los honorarios eran por demás suculentos: a cambio de esos trabajos insignificantes, me presentó uno a uno a sus grandes amigos; se trataba nada más y nada menos de los arquitectos más importantes del país en ese momento: Abraham Zabludowsky, Francisco Serrano, Teodoro González de León, Ricardo Legorreta, Mario Pani, Felipe Leal, Jaime Ortiz Monasterio y un larguísimo etcétera.

El bono anual, eran personajes de la estatura de Louise Noelle, Miguel Aldana Mijares, Don Jorge y Carlos Álvarez del Castillo, Ana Guerrerosantos, sólo por mencionar a algunos.

Por supuesto, la tradición de visitarlo cada navidad no se inmutó, sólo se cambió a su nuevo domicilio y el tequila aparecía cada vez con más frecuencia; para ser sincero, para entonces lo ponía en la mesa aunque no fuera navidad.

Don Julio asistió brevemente a la ceremonia de mi matrimonio; así recibí una pequeña escultura de un caballo en bronce de su autoría; la conservo como un testimonio de su talento y generosidad. También me asistió, esta vez de tiempo completo, al final de mi matrimonio; sin duda tuvo más significado la segunda asistencia, que bien podríamos llamar, asistencia en el camino.

Con mucha tristeza, un día nos enteramos de que algunos problemas aquejaban su salud; como era de esperarse, eso sólo significó para él imprimir más energía a la difusión y promoción de la arquitectura; en esa última fase asumió el rol de editor, y gracias a él vio la luz el libro “20 obras de arquitectura contemporánea”. Tristemente, nunca llegó a ver publicado, aunque conoció el borrador final, de “Jalisco 100 años de Arquitectura”, porque éste salió de la imprenta demasiado tarde.

Era un 24 de diciembre; esa vez me sorprendió su temprano llamado telefónico preguntando a qué hora iría a visitarlo; sin titubear, partí de inmediato a su casa, al recibirme me extendió la mano, en ella portaba una reproducción en bronce de aquella escultura del centro de cómputo en Toluca; hoy preside mi mesa de trabajo, como está también en las mesas de muchos de sus grandes amigos.

Esa fue la última navidad.

Falleció los primeros días de enero; ese día, Guadalajara perdió al arquitecto de la avenida Chapultepec, el condominio Guadalajara, la Biblioteca Pública del Estado y mil proyectos más.

En lo personal, perdí al patrón, al maestro, al arquitecto, pero sobre todo, a mi amigo Don Julio de la Peña Lomelín, que como bien dijo la primera vez que me habló, era: ”Julio de la Peña… Servidor”.

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